Entre dos tierras: Psicología de la migración

“Estamos vivos porque estamos en movimiento”

Jorge Drexler

Desde hace ya más de una década vemos como aumenta la cifra de personas que deciden irse a vivir a otros países. Es común que conozcamos varios casos a nuestro alrededor. En este suceso nos encontramos con una gran diversidad de causas, perfiles, aspiraciones y consecuencias, cada uno tiene su propia experiencia y no es algo que sea fácilmente generalizable. Dicho esto, en este artículo me gustaría exponer algunos conceptos y variables que, a grandes rasgos, se pueden observar en los procesos migratorios.

Hace unas semanas leí un estudio de Elgorriaga, Ibabe y Arnoso (2019) en el que se comparaba a un grupo de españoles que había emigrado a UK y Alemania con otro grupo de españoles no migrantes. Los resultados indicaban que el proceso migratorio estudiado no se relacionaba con peor salud mental en el contexto europeo y las diferencias en función del sexo eran muy pequeñas. Como factores que protegen la salud mental se hablaba de las condiciones laborales y el cumplimiento de las expectativas migratorias.

En un proceso de este tipo observamos una balanza de ganancias y pérdidas. Puede ser que las personas que encuentran mejores condiciones y se sientan valoradas, hagan una lectura positiva del cambio de residencia. Si hablamos de los posibles beneficios de realizar un cambio así podemos nombrar elementos como: un crecimiento personal donde se obtienen muchos aprendizajes, un aumento de empatía, tolerancia y habilidades que surgen de la adaptación a unas circunstancias nuevas y desconocidas. Según la experiencia, la persona podrá obtener unos recursos diferentes que le permitan afrontar su situación de vida actual.

«Pinpointing Progress» – Maarten Vanden Eynde

Expectativas y duelo

Uno de los principales motivos para salir suele ser la búsqueda de oportunidades laborales y desarrollo profesional. Con lo que nos cuentan y vemos en los medios se pueden crear expectativas sobre cómo será nuestra futura estancia. Después allí, hay veces que éstas anticipaciones previas se cumplen y hay otras veces que no. Si resulta que finalmente lo que nos encontramos no coincide con lo que esperábamos, necesitaremos contar con -o aprender-, habilidades que nos permitan afrontar el nuevo escenario. En ocasiones, las demandas de estar en una nueva cultura son muy elevadas y esto provoca bastante estrés, pudiendo aparecer síntomas de ansiedad o depresión en el proceso de adaptación. Frecuentemente, los trabajos a los que se optan no tienen relación con los estudios y esto puede desembocar en rabia y frustración. También en casos en los que la integración en el nuevo país no esté siendo fácil, puede aparecer culpabilidad por pensar que algo no estamos haciendo bien y que ese es el motivo de nuestro malestar.

En esta línea encontramos el duelo migratorio. Existe una sensación común de nostalgia que viene de la pérdida, de no estar viviendo cosas que están pasando en tu familia, o con tus amigos de tu país de origen. Echar de menos la comida, el clima o las costumbres propias de tu tierra. Hay que remarcar que en esta situación la pérdida es más una separación ya que se mantiene un contacto con los elementos antiguos, tanto telemáticamente como en visitas esporádicas, lo que puede crear una sensación de no estar en ninguno de los dos lados al completo. Este duelo requiere de una reestructuración interna, un proceso de reflexión y asentamiento de la nueva situación y aceptación de lo que se deja atrás.

«Nail House» – Leonard van Munster

Buscando nuestra identidad

Normalmente nos hacemos una idea de quiénes somos según nuestras raíces, nuestras experiencias y lo que se mantiene de una forma estable en nosotros. Puede ser el idioma, la cultura o la profesión. Todo esto son elementos externos, que cuando nos movilizamos a otro espacio se tambalean. Situarnos en una realidad totalmente diferente a la habitual, puede afectarnos en la visión de nosotros mismos y de nuestra identidad.  Por ejemplo, en algunas personas, la barrera del idioma hace que exista un sentimiento de simplificación de sí mismo, de no poder expresarse en su totalidad y con espontaneidad, creando un sentimiento de soledad, aislamiento o incomprensión.

A veces, simplemente la sensación que tenemos es de “no estar bien” o de sentir un vacío. Detrás de esa capa nos podemos encontrar con emociones de miedo, vergüenza, inseguridad, rabia, culpa, tristeza, desilusión, decepción, frustración, arrepentimiento, impotencia, soledad, incertidumbre respecto al futuro o de no pertenencia. En este sentido, es muy útil ordenar, identificar y expresar qué está pasando para realizar una elaboración más sana y más comprensiva sobre lo que está ocurriendo en nuestro interior.

En este punto podemos reflexionar sobre nuestra identidad de una forma curiosa y profunda, integrando aspectos experienciales de nuestras primeras vivencias y nuestra tierra. Añadiendo elementos actuales, considerando este constructo como algo íntimo y que está vivo. Entendiendo la riqueza que comprende la identidad y que aunque algunos elementos vengan de una cultura, somos cada uno de nosotros los que los sentimos y los experimentamos desde nuestro prisma individual, pudiendo crear un concepto único y con el que realmente nos identifiquemos.

Por todo lo nombrado anteriormente, el trabajo personal nos puede ayudar a descubrir nuestra esencia y ese lugar que no cambia y nos sostiene a pesar de lo que nos rodee. También, nos puede aportar recursos para afrontar la situación de una forma más beneficiosa para nosotros. Además de trabajar con esos pensamientos y emociones asociadas a la elaboración del duelo, la adaptación o la integración en el nuevo país.

«Home Sweet Home» – Banksy

Recursos


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