Psicología y literatura: Salud mental, género, poesía y terapia.

Heme aquí, hoy, inválido ante ti,
ante ti,
infame criatura, en tiniebla nacida,
pequeña lanzadera
que tejes ese ondulante paño de la angustia

“La obsesión”, de Dámaso Alonso.

Introducción

Con motivo del 8 de marzo, día internacional de la mujer, conversamos con una gran amiga mía, Ana Rodríguez Callealta, investigadora y poeta. Recientemente se ha doctorado por la Universidad de Alcalá, con una tesis sobre poesía española reciente escrita por mujeres. Además, como poeta, publicó en 2018 Ave, Eros en la editorial La isla de Siltolá. El propósito de esta conversación es aprender sobre literatura y salud mental, poesía y género, además de reflexionar sobre la escritura como recurso terapéutico.

Ana Rodríguez Callealta

1- ¿Cómo describirías la relación entre literatura y psicología?

Antes que nada, quiero agradecerte que me hayas brindado este espacio para la conversación, la reflexión y la expresión.

En cuanto a lo que preguntas, supongo que por mis años de terapia y de trabajo personal, creo que la dimensión psicológica es transversal. Para mí, vivir es estar en constante relación con nosotros mismos, gestionar continuamente lo que vivimos, lo que experimentamos, lo que sentimos… Desde esta perspectiva, creo que la literatura es una experiencia más. Es decir, leer un libro o escribirlo forma parte de nuestras experiencias vitales, igual que ver una película o contemplar durante horas un cuadro. La cultura se experimenta porque nos pone en contacto con nosotros mismos. Creo que definiría la literatura como gestión de emociones. No importa si esas emociones remiten a hechos biográficos o a hechos imaginados o perturbadores. Como dice Wolfgang Iser [1], como lectores, entramos en los textos con nuestra mochila de experiencias y al leer, contrastamos el mundo que se nos ofrece con nuestras ideas acerca de la realidad, de nosotros… Creo que esa es una de las grandes funciones del arte, desestabilizar nuestras creencias, obligándonos a salir de nuestra zona de confort.

Por otra parte, la escritura nos lleva a establecer una relación muy íntima con el lenguaje. Creo que la poeta Ada Salas lo expresa perfectamente cuando dice que “la escritura crea un nuevo punto de vista desde el que contemplar la vida” [2]. Es lo que se conoce como “poesía del conocimiento”. Ahora bien, esto no quiere decir que la poesía sea un género confesionalista, es decir, basado únicamente en nuestra biografía. La poesía es un género de ficción, como la novela. Esa fue la gran lección de los “poetas de la experiencia”. Y, en este sentido, yo creo que lo que deseamos, lo que proyectamos, lo que nos perturba, lo que imaginamos… todo eso nos constituye tanto como lo que vivimos porque, al fin y al cabo, lo vivimos también.

2- ¿Entonces, dirías que la escritura puede tener una dimensión terapéutica?

Desconozco, porque no soy psicóloga, si la escritura puede llegar a ser la base de una terapia. Pero sí que creo que tiene una dimensión terapéutica clara. En este sentido soy completamente junguiana. Creo que la escritura nos permite explorar lo subterráneo, rescatar, arrojar luz sobre un territorio interior profundo al que no se accede más que por medio del símbolo. Esto es lo que Jung llama el “pensamiento fantaseador” [3]. La escritura puede nacer de ahí, puede ser una vía para rescatar toda una serie de contenidos (reprimidos, pasados, bloqueados, soñados, deseados…) que se encuentran albergados en el inconsciente. Esto es algo que aprendí del poeta Eduardo García, a quien tanto admiro.

3- Además de investigadora eres escritora… ¿Es para ti terapéutica la escritura?

Haces bien en hacerme esta pregunta porque es cierto que la mayoría de las veces respondo como investigadora, y es muy distinto. Cuando uno lee, investiga y escribe es lector, investigador y escritor, pero no siempre al mismo tiempo. La Ana lectora encuentra placer en textos que tal vez a la investigadora no le interese tanto abordar intelectual o críticamente. En mí se dan como facetas separadas muchas veces. 

Como escritora… la escritura ha sido, es, completamente terapéutica. Ave, Eros (La isla de Siltolá, 2018) lo escribí a medida que hacía una terapia cognitivo-conductual y de alguna manera el libro refleja el proceso de desbloqueo que yo estaba experimentando por entonces. Es un libro enteramente centrado en el deseo, desde todas las perspectivas posibles, no solo en un sentido erótico o sexual. La escritura no solo me acompañó en ese proceso de auto-descubrimiento o lo reflejó, sino que me ayudó a realizarlo, formó parte de él.

Ahora mismo estoy escribiendo muy muy lentamente un libro de poemas en el que exploro otros estratos de realidad. Escribir me ayuda a bucear en el inconsciente y a hacer presentes toda una serie de contenidos reprimidos o callados que están ahí y que me constituyen. Es un libro, por tanto, muy diferente. Esta exploración me condujo al surrealismo en un primer momento y el surrealismo ha evolucionado, a su vez, hacia una escritura mucho más depurada y abstracta, minimalista y silente en ocasiones. En este sentido, la influencia de la Ana investigadora es innegable.

4- Y entrando ya en la relación entre la poesía y el género… ¿Cómo la abordarías?

Creo que la relación entre la poesía y el género como constructo opera en diferentes niveles. De entrada, existe una clara desigualdad entre hombres escritores y mujeres escritoras. Por otra parte, en lo que concierne a los textos, podría hablarse de una perspectiva feminista de lectura, por un lado, y de lo que se conoce como “escritura femenina”, un concepto que alberga la idea de características diferenciales, distintivas, de la poesía, en este caso, escrita por mujeres con respecto a la escrita por hombres.

5- ¿Has llegado a alguna conclusión sobre esto último? ¿Crees que existen diferencias entre la poesía escrita por mujeres y la escrita por hombres?

Durante mucho tiempo sentí que no iba a poder contestar jamás a esta pregunta. Encontraba algo, una diferencia más o menos sutil, más o menos significativa, pero no era capaz de comprender en qué residía, a qué se debía. Sin embargo, hace poco, no sé cómo, creí comprender que no hay una diferencia apriorística. Simplemente creo que para muchas mujeres escribir es enfrentarse a lo que dijo Virginia Woolf en su famoso ensayo “Una habitación propia”: que no existe “ninguna frase común lista para su uso” [4]. Es lo que Noni Benegas define como el reto de “decirse en una lengua lírica heredada” [5]. Y creo que eso puede conducir a muchas mujeres escritoras a una especie de lucha, encendida o amable, con el lenguaje para  tratar de abrir espacios, de textualizar una subjetividad históricamente negada -la subjetividad femenina.

6- Has mencionado también que existe una desigualdad estructural entre hombres escritores y mujeres escritoras en el ámbito literario. ¿Podrías explicarnos algo más sobre esto?

Sí, este es uno de los grandes campos de batalla del feminismo. Si uno abre una antología, una historia de la literatura o un libro de texto, por poner algunos ejemplos, comprueba rápidamente que la mayor parte de escritores citados son hombres. En algunos casos, las mujeres están ausentes directamente, no existen. Se trata de un silenciamiento histórico y sistemático. 

Actualmente, por fortuna, contamos con un amplio corpus de investigaciones orientadas, precisamente, a rescatar del olvido a muchas, muchísimas mujeres cuyas obras han sido obviadas por los historiadores de la literatura, ya que han sido los hombres quienes han construido ese relato, esa historia. Es un círculo vicioso: la historia escrita por y para los hombres. Hoy en día sabemos que lo que se nos presentaba como ausencia -no hay mujeres escritoras- era en realidad silenciamiento -se excluían-. Los nombres de Santa Teresa de Jesús, Emilia Pardo Bazán o Rosalía de Castro -en la tradición española- han sido considerados excepciones en un mundo de hombres. 

Creo que en este sentido hemos avanzado bastante. En lo que concierne a la poesía actual, creo que las mujeres están cada vez más presentes. Pero no estamos, desde mi punto de vista, en una situación de igualdad. La cuota de mujeres en todos los ámbitos de la vida intelectual sigue siendo inferior a la de hombres: en literatura, en investigación, en política, en ciencia… Trabajamos para eso, para visibilizar, aunque, desgraciadamente, me temo que el camino va a ser largo.

7- ¿Nos recomendarías algunas lecturas para acercarnos a la literatura escrita por mujeres?

 En este sentido, creo que las antologías poéticas cumplen una función importantísima, ya que nos permiten establecer un primer contacto no solo para tener una idea panorámica del periodo que la antología abarque, sino también para elegir de entre todas las voces aquellas que nos resulten más sugerentes y que más nos pueda apetecer seguir conociendo y leyendo. Se me viene a la cabeza, por ejemplo, Peces en la tierra. Antología de mujeres poetas en torno a la Generación del 27 (Fundación José Manuel Lara, 2010), a cargo de Pepa Merlo. También es muy apasionante la que preparó Angelina Gatell para dar a conocer la aportación de las poetas a la “poesía social y testimonial” del medio siglo: Mujer que soy. La voz femenina en la poesía social y testimonial de los años cincuenta (Bartleby, 2006). En cuanto a la poesía más reciente, es ineludible recomendar En voz alta. Las poetas de las generaciones de los 50 y los 70 (Hiperión, 2007) y Ellas tienen la palabra. Dos décadas de poesía española (Hiperión, 1997). La primera de ellas, preparada por Sharon Keefe Ugalde, ofrece un estudio introductorio y una selección de voces imprescindibles para conocer la poesía escrita por mujeres durante esos años. En la segunda, Noni Benegas firma un estudio preliminar igualmente necesario e iluminador para acercarnos a la poesía reciente escrita por mujeres desde una perspectiva histórica. Finalmente, no puedo dejar de mencionar El poder del cuerpo. Antología de poesía femenina contemporánea (Castalia, 2009): una joya al cuidado de Meri Torras. 

8- ¿Te atreverías a escoger un poema tuyo en el que confluyan psicología y género?

Bueno, voy a elegir el penúltimo poema de Ave, Eros. En este caso, la escritura puso en juego la gestión de las exigencias, de las expectativas, de las creencias… La frustración también, la renuncia dolorida… Dentro, por supuesto, de un marco de ficción. El título dialoga claramente con el poema “Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma”, de Jaime Gil de Biedma. En este tiempo lo leía mucho, y de hecho, hay una alusión bastante explícita a “No volveré a ser joven” casi al final del poema. Por esa época también leía mucho La casa encendida (1949), de Luis Rosales, que aparece citada al principio. Y creo que también tenía en mente el poema “Ajeno”, de Claudio Rodríguez, cuando lo escribí. De hecho, releyendo ahora el mío veo una referencia bastante clara en los tres primeros versos.  Finalmente, estoy segura de que también me influyó el poema “De la publicidad”, de Aurora Luque.

Poema Póstumo

Yo sé que siempre va a quedarme la tristeza,
la llave en el umbral rompiéndome un poquito,
las horas largas y las noches imposibles.

Me imagino mi casa anegada de lluvia,
como una escena de Rosales, sin María al final
para esperarme, los domingos, sobre todo
los domingos, las fiestas de guardar. Quién sabe
si yo también quise formar parte
de un minúsculo mundo de provincias, llevar
a la familia al Corpus Christi, engominados,
horteras, felices, porque es sencillo el día en que se come
pollo asado en el jardín y hay un columpio
girando y girando y nos da vueltas de campana
en las penurias, en los momentos de máxima pobreza,
esos mismos que el amor, el mismo amor ha inventado
para tener sentido.

Porque no fue una renuncia, tampoco una elección
a corto plazo, a medio plazo, a largo plazo,
al plazo de una vida que ahora veo pasearse
desnuda en el salón, hipostasiada en un cuerpo
plagado, precisamente, de huecos tripofóbicos,
las cicatrices que deja la nada, más poderosa
siempre que el arrepentimiento.

Yo sé, como decía, que habrá muy a menudo algo
que se rompa
detrás de la academia y los capítulos de libro,
detrás de las exóticas estancias en países europeos,
detrás de los coloquios magistrales,
detrás de los alumnos, incluso
detrás de las cervezas con amigos, detrás, más atrás
de la maternidad sin padrenuestro.

Pero qué importa.
Sabré llegar envuelta en un perfume carísimo,
vestir de Massimo Dutti,
llevar zapatos elegantes,
maquillaje, los labios rojos o rosados,
según la hora del día.

No sé si vine a llevarme la vida por delante.
Pero me acuerdo de las noches de insomnio
inducido, con aquella mujer que cruzaba,
preciosa, radiante, hasta el altar
y luego decía cosas y reía, reía mucho,
rompiendo las barreras del sonido.
Otras veces nos gustaban las escenas
más triviales, las duchas calentitas en invierno
y los niños llorando porque no quieren irse
a la cama. Cuánta felicidad filmada de antemano,
Casi tangible, lo juro, casi ciertos los veranos
en el sur, no me cabían por dentro, se resbalaban

y poco a poco se fueron gastando.

Precioso poema Ana. Para terminar quiero mostrarte mi agradecimiento por tu tiempo, interés y generosidad al mostrar tu experiencia profesional y a momentos más íntima. Quiero resaltar la idea de la literatura como espejo, como un lugar donde encontrarnos, descubrirnos, cuestionarnos y transitarnos, un viaje que también caminamos en terapia. Creo que en este artículo estamos mostrando la fuerza de dos mujeres que abren espacios para expresar esa subjetividad históricamente silenciada y eso me llena de alegría. Personalmente, me encanta poder escuchar voces diversas, valiosas y humanas que nos brindan perspectivas diferentes donde podemos vernos a nosotras mismas. 

Si queréis encontrar el libro de Ana, lo encontraréis en el siguiente enlace:  Ave, Eros 

Y si os gustaría participar en este espacio aportando vuestra visión en algún tema en concreto relacionado con la psicología, me podéis escribir a hola@umaiterapia y hablamos.

Referencias:

  • [1] Iser, Wolfang (1989): “La estructura apelativa de los textos”. En: Warning, Rainer (ed.): Estética de la recepción. Madrid, Visor, pp. 133-148.
  • [2] Salas, Ada (2005): Alguien aquí. Notas acerca de la escritura poética. Madrid: Hiperión,p. 40.
  • [3]  Jung, Carl Gustav (1998): Símbolos de transformación. Barcelona, Ediciones Paidós Ibérica, pp. 31-58.
  • [4] Woolf, Virginia (1929): Una habitación propia. Barcelona, Editorial Seix Barral, 1986, pp. 104-106.
  • [5] Benegas, Noni (1997): “Estudio preliminar”. En: Ellas tienen la palabra. Dos décadas de poesía española. Madrid, Hiperión, 2008, p. 23.